martes, 5 de abril de 2011

17 años luego de Cobain

No recuerdo qué hice ese martes. Seguramente, como en todos los días de preparatoria, escuché un par de cassettes (porque eso del CD no tenía eco en mi pobreza estudiantil) que conjugaban Metallica, Guns y Nirvana. Something in the way, con su ritmo agonizante, de una afinación extraña y los primeros gritos de dolor de Cobain desde un puente de Aberdeen, era la canción con la que terminaban ambas grabaciones.
Se trataba de la desgracia de un chico que, afirmaba, quedó abandonado en plena calle. Tenía ratas como mascotas y que gritaba para que lo escucharan, para que alguien supiera que estaba por ahí, casi como un recién nacido que intuitivamente sabe que sólo reventando los tímpanos de quien esté cerca se puede salvar del hambre, del frío, del dolor.
No, nosotros no sufríamos el mítico flagelo del grungero, quien soportaba dolor abdominal cada que comía. Luego venía el arqueo y vómito de jugos gástricos. Un joven que somatizó su abandono casi hasta la anorexia.
Insisto, ninguno de nosotros, los de los cabellos largos, suéteres y tenis converse como uniforme, teníamos una historia siquiera similar a la de Kurt. El misterio de una parte de la generación era esto de sentirse más que representados por un adicto a la heroína que aullaba apenas abriendo la boca, rechinando los dientes y que rasgaba la guitarra como una tormenta.
Era un martes en 1994, tal vez tomaba Informática, y debía cargar el sistema operativo para luego meter el disco del word office. Programábamos en Turbo Pascal; en la computadora aparecieran numeritos en serie al tiempo que se emitía un bip molesto hasta el diablo, pero que me podía dar una buena calificación. Algo que realmente no me importaba mucho, pero me gustaba hacer ruido.
Luego de las clases a las que tenía que entrar porque ya había sobrepasado el límite de faltas, era momento de llegar al sitio en el que se demostraba cuánto se podía pulir en un fin de semana Penny Royal Tea en la versión del unplugged porque tocar Smell like teen spirit era demasiado trillado, no tenía el aire de gran devoción que podía dar tal vez Plateau o hasta un viejo clásico como Downer para impresionar como el más conocedor del asunto.
Cobain no era un amante del producto final de Nevermind, decía que el sonido era demasiado ligero, pero para nosotros fue toda una revelación oscura luego de tener en la radio durante todo el día esa tonada melosa hasta la nausea de (Everything I Do) I Do It for You del Bryan Adams, seguido de Alejandra Guzmán y Jon Secada. Y ni siquiera se trataba de formar un estricto sentido de la crítica a la música, sólo era algo que nos llamaba.
Más que eso, nos demostró que alguien más se podía sentir tan mal como nosotros. No se le entendía mucho, se requería de un esfuerzo para comprender qué diablos estaba cantando ese rubio flaco que afinaba y desafinaba su guitarra a placer durante un concierto. Se reía sin soltar una carcajada y tenía una mirada sólo comparable a la de Janis Joplin, una que más que ir a lontananza parecía un espejo en el que todos podíamos ver la parte tortuosa de la vida. No, sus ojos no eran entradas al vacío, sino escenas selectas de la parte que pocos quieren ver en sí mismos. “I hate to myself and I want to die”, ¿alguien lo recuerda? Es un lema, pero sobre todo una canción que habla, como casi toda la obra de Cobain, de sentir tanta lástima por uno mismo que no importaba que tan sobajado podías estar.
Nadie, de nuevo, que yo conociera tenía esa terrible carga trágica que pesaba sobre el guitarrista, pero compartir la sensación de la miseria a pesar de tener 15 años nos hizo un grupo en una generación que tenía tanta diversidad como desapego. Los que no estaban crónicamente deprimidos tenían una manera feroz de aferrarse a la sexualidad, al alcohol, a la mota (porque a nadie le alcanzaba para la cocaína en mi grupo). Todos estaban en su onda: la patineta, los vampiros con todo y capa negra, la bohemia, echar el fucho o simplemente las clases.
Finalmente y para muchos, la música de Nirvana resultó una aproximación a un destino que los iba a poner de rodillas. Los menos afortunados no sobrevivieron a los 30 años (suicidio, accidentes por alcohol, el lugar equivocado en el momento equivocado), otros formaron una familia antes de los 20 años y se enfrentaron a la realidad, unos más están endeudados hasta el cuello para pagar un auto, una casa y no tener tan vacío el refrigerador. Viven controlados por las instituciones de crédito.
Hoy sólo quisiera recordar qué estuve haciendo el martes 5 de abril de 1994, cuando a las 11:30 de la mañana Kurt Cobain se disparó en su casa. Sé que el viernes de esa semana, la noticia corrió rápido y ninguno de nosotros comprendió por qué... “I think I'm dumb or maybe just happy”.

martes, 29 de junio de 2010

Uno de violencia y acción

El calor de la noche

CSM

Me gustan las noches calurosas y el olor de la hierba. No sé si amanezca en este automóvil, por ahora quiero sentir cómo pasan los minutos con paz de la madrugada. No es mi carro; no comprendo por qué llegué a esto.
Fernando me despertó temprano. Contesté el teléfono sin ver quién era y luego reconocí su voz. Mi hermano, necesito que me hagas un paro, me dijo cuando yo apenas veía entre las cortinas de mi cuarto el brillo rojizo que precede al sol. No me gusta despertar sin luz, es como ser campesino, un condenado a morir en la mierda. Apenas giré la perilla, apareció Fer, vestido de negro y con Valeria. No sé por qué ella está aquí. Su familia tiene mucho dinero. Fueron derecho al sillón, donde se dejaron caer apestando la mañana a alcohol y tabaco. Cómo me jode el olor al cigarro, es un tufo necio. Fer sabe que odio que fumen en la casa, pero lo hicieron, reían como idiotas, seguro que traen más de una línea adentro. Valeria se levantó, tropezando con sus tacones altos alcanzó el baño.
Mira, bro, me dijo y se puso los lentes negros. No dejaba la carcajada de lado. Si me preguntas dónde quedó el carro de Val… No sé… El mío, tampoco. Fue una noche con muchos… Matices, dijo cuidando las palabras, como quien cruza un río por entre las piedras. Y pues ya ves que está buenísima. Sólo déjanos estar acá un rato para dormir y luego ver qué pedo con su auto y mis cosas. Bueno, ni traigo para un hotel, apenas pagué el taxi.
No me sorprendió que llevara una vieja, lo había hecho durante años. Ella no es una más. Su perfume perduraba en la peda y su cabello cubría un poco el escote de la espalda a pesar de que perdió el equilibrio al regresar al sillón.
Les dejé en mi cama. Total, están tan dañados que seguro no se la coge ahí. Me senté en la mesa de la cocina. Un poco de jugo de naranja para irla pasando. Ojalá no comiencen a gemir, tendría que poner música y en la mañana no me gusta.
Valeria tiene el cabello negro, cuando se lo recoge se nota el tatuaje en su nuca. Tiene inscrita la palabra fe en árabe. Parece tan frágil. Me la presentó Flor en la fiesta de un pendejo que le gustaba presumir de todo. Este güey la había metido a trabajar en una revista de la cual era editor. No sé cuántas veces en la noche fue a la mesa para llevársela. Yo esperaba a Fer, iba a pasar por mí para por fin salir de ahí. Llegó hasta donde estábamos. Junto con Vale, Flor y una gorda borracha nos dimos a la fuga. Cómo odio que se peguen en el aventón. Esa vieja no sabía ni dónde íbamos a dejarla, pinche ebria. Valeria y yo platicamos esa noche separados por la gorda. Luego la veía esporádicamente por algún bar de la Condesa. Un día dejé de saber de ella, parece que Fer no. Me salió más cabrón que bonito.
Fui al sillón, pero no pude volver a dormir. Así que me quedé con el teléfono en la mano, hice un par de llamadas de puro coraje. A las cuatro de la tarde se despertaron, él salió del cuarto con la camisa a medio abotonar. No, bro, jodido, pero jodido, dijo mientras se veía la ropa. No mames. Ahorita ya nos vamos, que primero se quiere bañar. Perdón, hermano, sabes que te pago las chelas en la noche, me prometió Fer antes de buscar algo de beber. Ella apareció con el cabello mojado, desmaquillada. Sus ojos de fiera a la caza no perdieron filo ni con una cruda digna de trofeo. Ya hacía calor, todos estábamos sudando. Nos vamos, pero sabes que te lo debo, masculló con resequedad en la boca y aliento a noche de ron. Valeria recorrió la estancia hasta pararse enfrente de mí, dijo gracias y al momento de despedirse me besó en las dos mejillas. Si hubiera sido en la frente le miento la madre, de esos sólo se le dan a las abuelas. No es mi mujer, lo sé, pero el enojo estaría esperando a que cerraran la puerta. Fer abrió para luego imitar una seña caballerosa y que ella se adelantara. Debía darme la vuelta e ir a mi cama, mas me quedé viendo cómo esperaban un taxi. Llegaron dos tipos en un Neón negro con tumbaburros, sin bajarse apuntaron sus armas. Yo debía estar dormido pero fui detrás. Me estrellaron la cacha en la frente y me metieron al auto. Los tres estábamos adentro, yo ya sangraba.



Ya te cargó la chingada, pendejito. No tienes idea de qué te va a pasar ahorita, idiota. A ver, tú. Vamos a pararnos acá adelante, te vas a bajar para manejar. Cuidado y te pasas de pendejo porque te chingo, ¿entendiste?, me gritaron casi al detener el auto. Estábamos en el acotamiento de una carretera, el sol cegaba. Me sentí mareado, se formó una costra en mi frente. Tomé el volante y seguí por el camino secándome el sudor mezclado con la sangre que se desprendía de la herida. Uno de los matones iba en el asiento del copiloto amenazando con la pistola.
Ahora sí, pendejo, dime de dónde chingados sacaste la droga. Tú la mueves, tú dime. Si cooperas igual nomás te quedas de nuestro cuate y pos ahí te las vas llevando. Qué, pos ya dime, intentó el que se quedó atrás para que Fer confesara lo que él quería. El rostro de mi brother cambiaba, tenía muy abiertos los ojos y babeaba por un costado de la boca. Me dijeron que diera la vuelta en un camino de terracería bordeado de plantas crecidas al tamaño de un hombre. Salimos a un despeñadero ya de noche, donde me hicieron detenerme.
A esta puta, me la voy a coger, cabrón, así que vas a cantar ahora o vas a ver cómo me la chingo. Ándale pendejo, me vas a decir dónde tienes la droga, ordenó el hombre mientras tenía a Valeria contra la puerta sosteniéndola por los senos. No me dices, cámara, te gusta ver, pos vas a ver, le dijo cuando comenzaba a romper el vestido. No mames, no, mames, chilló mi amigo. Lo que quieras, lo que quieras, pero ya déjala.
Valeria se cubrió la cara con las manos. No lloraba, pero le costaba trabajo respirar, resollaba, apretaba los labios, se retorcía aún sometida y manoseada.
Fer intentó noquear al atacante con un izquierdazo, pero el que venía conmigo reaccionó antes y disparó. Mi amigo, herido en la cabeza, estrellado con hueso y sangre contra la puerta. Rompió el vidrio. Estaba muerto. Ella intentó desarmar al asesino hasta una segunda detonación. Su mirada poco a poco perdió brillo.
Me gustó volver a verte, susurró al tiempo que se desplomaba por completo.
Me sacaron del auto casi con delicadeza. No güero, pos te voy a tener que meter un plomazo para que no digan. La neta es que te me apendejaste cabrón. Pa qué te viniste con ellos, la cagaste. Eres cuate, pero pos si ya estabas ahí cómo te dejo. Ya ves que se puso loco ese güey. Si confiesa, lo mandamos al reclu y ya, pero pos no. Y tan bonita que estaba la vieja. Pos mira, va a la pierna y tan amigos como siempre, ¿no? Tus nos llamaste y si rajas… Sabes lo que nos pasa.
Fue un momento de un dolor intenso, pero luego se calmó. Aún no creo la ausencia de Valeria, la de cabello negro. Sangro y hace calor. No debí salir de mi casa pero quería que ella estuviera conmigo cuando todo pasara. No sé si amanezca en este automóvil, pero por ahora quiero sentir cómo pasan los minutos con paz de la madrugada. No comprendo por qué llegué a esto.

domingo, 14 de marzo de 2010

Sale calientito...

Mi negra pena



Antón Lizardo, Veracruz. A 25 de enero de 1962

Estimada señorita Sonia:

Con toda mi humildad, le escribo esta carta. Espero no incomodarla, pero el ardor que me quema el pecho no se contiene. La he visto sólo en fotografías, y sé que es mucho atrevimiento, sin embargo, es usted lo más bello que he visto. Sus canciones, las que suenan en la radio, son compañía en las noches de guardia.
Sí, escucho cuando un “De amor es mi negra pena, de amor es que estoy sufriendo”… Sólo Dios sabe lo que el corazón me grita.
Por ello, señorita Sonia, le ruego desde lo más profundo del alma… Sea mi novia, por fin lo he dicho. Yo aún no soy oficial de la Marina Armada, pero en unos meses podré obtener un rango y sueldo con el que pienso ir a México sólo para verla y declararme formalmente. En tanto, dejo empeñada mi palabra con la condición de una respuesta.


Con todo el corazón
Sargento Primero de Cadetes Juan Manuel Alvarado






Antón Lizardo, Veracruz. A 5 de marzo de 1962

Señorita López:

Su respuesta ha llegado y, por un instante, fui el hombre más feliz de mar y tierra. Mas la dicha fue pasajera. En la carta me aceptó como su novio y yo, con gran alegría, presumí a mis amigos en larga distancia hasta Ciudad Madero, lo comenté a los oficiales para pedir días francos y verla antes de mi graduación. Sólo esperaba para darle la noticia a mi madre y que, en un futuro, me otorgara su bendición y su anillo de compromiso para entregárselo, pero mis ilusiones se congelaron con la noticia de que los Sargentos Primeros Adolfo Flores Uriarte y Benjamín García Sotelo también decían ser sus novios.
He llegado tarde a la discusión, pero después de algunos golpes, también fui arrestado junto con ellos. Por eso, escribo esta carta a nombre de los tres. Luego de un fin de semana en las celdas, hemos concluido que el único modo de arreglar esta disputa es encararla. Nos sentimos burlados. Es hora de que deje de jugar con nosotros y diga, de una vez, a quién quiere. La fecha está determinada. El sábado 11 de julio estaremos los tres en su presentación del Teatro Blanquita. Vivimos ansiosos por verla y saber su respuesta.


Sin Más por el momento
Sargento Primero de Cadetes Juan Manuel Alvarado
Sargento Primero de Cadetes Adolfo Flores Uriarte
Sargento Primero de Cadetes Benjamín García Sotelo







Antón Lizardo, Veracruz. A 15 de julio de 1962


Señorita:

Esta será nuestra última carta. Nos sentimos ofendidos por su actitud, su mala forma de tratar a quienes la quieren tanto. El no habernos recibido significó la última ofensa. A pesar de que el espectáculo fue maravilloso, aunque ya no está acompañada por la Sonora Santanera, salimos de ese lugar con un gran dolor por saber que ni siquiera había leído nuestras misivas. Conocimos a la señorita Laura García, quien nos ha confesado que es ella la que atiende toda su correspondencia y, que por instrucciones suyas, dio alas a nuestras esperanzas. Le he pedido a Laura que esta vez le dé la carta personalmente, pues no pasaremos de nuevo por una vergüenza similar.

Atentamente
Guardamarina Juan Manuel Alvarado
Guardamarina Adolfo Flores Uriarte
Guardamarina Benjamín García Sotelo

martes, 2 de marzo de 2010

Nueva temporada...

Les va el primer cuento de esta temporada... A ver qué les parece

Dos palabras



“Me valgo de esperanzas y duelos y recuerdos, me valgo de tu mirada de sendero cálido, abierto…”.
Tal como había pasado desde seis meses atrás, Elena no se molestó en interrumpirlo. Entre los mechones de cabello rubio, se distinguían los ojos de la boletera del metro, quien con una mirada fría conjuró la intentona de esa tarde.
Leonardo, entonces, abandonó tres pesos sobre la bandeja de la taquilla y luego recogió el boleto que ella le despachó. En su gabardina negra ya tenía llenos los bolsillos con ciento ochentaitres de esos papelitos con cinta magnética. Antes de abandonar la estación, volteó hacia donde estaba Elena y susurró lo que le dijo el primer día que la vio: “Es el amor, que enamora lo que toca”.

La estación Refinería es la más profunda del sistema, Leonardo lo había comprobado desde el día en que la conoció. Fue un Viernes Santo y el calor en el Metro quemaba por debajo de las ropas como si el desierto bíblico se hubiera apoderado de la ciudad. El cristal la reflejaba, como si tuviera una gemela que veía el trabajo de repartir los boletos. A partir de ese día, el único en que tomó el metro, pues debía ir a recoger su cheque de finiquito a la planta de asfalto, bajaba doscientos veinticinco escalones en nueve minutos y veintitrés segundos antes de dar quince pasos y encontrar el lugar donde aquella mujer de cabello dorado estaba de martes a domingo a las cinco y media de la tarde. Se imaginaba descendiendo, llegando a un círculo infernal en el que estaría la amada. En su mente rondó la cita:

Antes de mí no hubo nada creado, a excepción de lo inmortal;
y yo duro eternamente.
¡Oh, vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza!


“Y te regalo ríos y cestas de besos y de flores”, dijo posando la palma de su mano, ansiosa, contra el cristal. Por cuatro días, víctima de una gripa, Elena no había trabajado. Durante ese tiempo, Leonardo aguardó paciente, recargado en una esquina, esperanzado en que volviera. Ese jueves en el que la volvió a encontrar, quiso decirle todo lo que se había quedado en sus labios, pero sólo tenía tres pesos y la impaciencia de los demás viajeros lo apartó.
El policía de la estación no lo molestó. Lo observaba desde un barandal con un dejo de lástima. Para Leonardo esa era suficiente violencia en una tarde julio que amenazaba con una lluvia inesperada. Su mirada voló hacia las escaleras, ese día, infinitas.

Ya era octubre, el viento movía los árboles casi secos que están sembrados a lo largo de la avenida Aquiles Serdán como si esperaran por Leonardo para azotarlo. Con trescientos pesos en la bolsa, tuvo la idea que cambiaría su vida para siempre. Apenas podía pasar saliva por la ansiedad, pero llegó a la puerta del banco, cambió su dinero por monedas de un peso que le fueron entregadas en rollos de papel.
Esperó hasta las cinco y media de la tarde para entrar a la estación. Él tintineaba como un penitente mientras bajaba por los escalones y sentía que sus fuerzas se perdían al acercarse.
Respiró profundo. Frente a la taquilla la vio, bella y cansada, como una amante al despertar. Depositó todo el dinero en la bandeja y mientras ella contaba, lo dijo: “Es el susurro de un corazón tocado, hecho estrellas y añicos. Tus manos que matan primaveras con piedades…”

Esa vez fue interrumpido.

⎯ Bueno, ya. Me tienes hasta la madre.

⎯ Diosa rediviva.

⎯ Hablas como un idiota.

⎯ Y pensar que ese azul es tus ojos y el cielo…

Elena golpeó el cristal con la palma de la mano, con lo cual el policía de la estación caminó rápido para actuar.

⎯ Quiero que te calles ⎯advirtió la mujer mirándolo fíjamente⎯. Sólo quiero que me digas lo que quieres, ¿entiendes? Dilo, dilo, dilo…

⎯ Me gustas ⎯musitó Leonardo con el mismo pesar con el que se anuncia una muerte⎯.

⎯ Hay un café de chinos en Aquiles, por la salida norte. ¿A las doce?

martes, 15 de diciembre de 2009

No te enamores

No te enamores
Carlos Sánchez Morán

Él estaba acostumbrado a las heridas, pero esa noche, en el table dance, su cabeza punzaba en un remolino de negrura que lo azotaba, al tiempo que de la mano derecha emergía un gélido fluir de sangre, eran gotas que se unían como ríos de causes desmadrados, pequeñas serpientes rojas dispuestas a dejarlo sin vida.
Regresó a su mesa, en la que sólo había un vaso con Jack Daniels en las rocas, para dejar sus huellas digitales marcadas con ese líquido, que se veía, más que nunca, oscuro a la luz de las lámparas de neón. Su traje Hugo Boss estaba manchado.
A lo lejos, y entre la música con la que los cuerpos se mueven como oleaje y a su vez ensordece fabulosamente como el romper de la ola, alcanzó a escuchar a los guardias de seguridad cuando echaban a la calle a un grupo de chicos que no se fueron sin pelear una batalla ¿perdida?, sí, pero necesaria cuando se tienen 20 años. Ellos habían gritado demasiado durante la velada, exorcizando con cerveza y tabaco las incontables veces de un beso no dado y la mujer que no es y nunca será. Miles de “siempre podemos ser amigos” fueron regurgitados vociferando hacia el techo sus maldiciones, tal como resuena el cantar de un gallo.
Portugal, pensó en emprender la ofensiva, podría deshacerse de ellos sin problemas, pero en vez de eso se sentó desplomándose sobre el poyo acojinado. Los gritos, realmente uno en especial, seguían retumbando poderosos en su cabeza, intacta, pero a la vez destruida con las palabras de un desconocido. Él, el que resolvía casos de extorsión y se daba el lujo de asesinar plagiarios, no entendió cómo fue que tres palabras lo habían derrotado.


Roberto Portugal, raro para quien siempre cuida sus pasos, no había planeado esa madrugada. Ese lugar lo llamó, entró en busca de atenuar los recuerdos con whisky y la mano de una mujer tan desconocida como cálida y entregada. Fue una mala semana. La negociación no resultó. Las consecuencias: un secuestrado muerto, dos policías heridos y sólo entraron 15 mil dólares a su cuenta bancaria.
Entre el humo y los parroquianos que caminaban a paso marino, Portugal distinguió tres pistas de las que emergía tubo brillante. Una chica del lugar lo saludó con un beso en la boca, pero esa noche no había espacio para trivialidades.
De pronto, otra bailaba November Rain de Guns and Roses y Portugal distinguió una silueta que lo encantó al punto de la asfixia cuando el solo de Slash hacía vibrar la estructura del sitio y sólo esperaba que entrara el grito femenino y afinado de Axl Rose, quien terminaría la canción con un suspiro avasallador.
Casi estaba vestida. Usaba un conjunto banco de tanga y top que se distinguía porosamente a través de un velo de organza de seda. Él afinó la mirada y pudo reconocer sus ojos de huracán tocando tierra, era Mariana, su Mariana.
En ese lugar las sonrisas se compran con trescientos cincuenta pesos por canción; si se busca un rictus indeleble, hay dos opciones: adquirir, en una muestra de heroica necesidad, más de diez boletos o usar el tiempo entre el baile y el regreso a la mesa para negociar la fuga.


Los senos de Mariana avanzaban furiosamente contra la cara de Portugal. Él acariciaba su cintura en el extenuante ir y venir del simulacro amoroso que involucraba música de The Killers. Buscaba incesante la cara de la mujer de sus sueños y pesadillas, pero ella evadía con movimientos finos los besos en la boca, ofreciendo su cuello a los labios del cliente. Portugal recordó a Mariana vestida con falda príncipe de Gales, saludando a las siete y cuarto de la mañana, con la frescura de las jacarandas recién caídas y una risa mágica para esa hora, casi misteriosa. Pero esa noche, en el privado del table dance, su sonrisa deslumbraba con el neón y apenas pudo verla de nuevo antes de que ella se diera la vuelta para sentarse sobre él dejando que su espalda se recargara en el pecho: la canción los hizo un sola maraña de respetos a sus roles: el de dadora de esperanza y de carroñero de felicidad. Él siempre cuidaba no ser reconocido; ese día hubiera matado por que ella lo llamara por su nombre.


Habían pasado 15 años desde la secundaria. Él no se consideraba un matón. Fue la vida. En ese tiempo Tacubaya amanecía con olor a sangre y con los comunes rugidos de los gritones que anunciaban la tragedia del día. El barrio apedreaba a los débiles con el desprecio de ni siquiera ser considerado para acompañar a una horda de furiosos para robar el Gigante de San Antonio. No, él era más que eso. Portugal, ese chico de ojos verdes, tenía sangre fría: a los 27 años ya era consultor de una empresa internacional de seguridad. No, no se consideraba un matón, aunque sabía manejar las armas. Se sabía un gran hijo de puta que no sólo era capaz de terminar la vida de alguien con las manos… Eso no era suficiente cuando realmente estaba furioso.
Sentado de nuevo en la mesa, tomando el segundo trago de su Jack Daniels, se detuvo a pensar con un escalofrío que le movió la cabeza hacia el lado izquierdo, como cae un ahorcado, en por qué nunca tuvo el valor de hablarle. Desde entonces ella era bonita y su caminar lo hacía estremecerse a las siete y cuarto de la mañana, cuando ya llevaba esperando más de media hora afuera de la Secundaria Diurna Número 34 con el ruego de que llegara caminando y no en el auto de su padre. En ese año descubrió lo peligroso que resulta una mujer. No podía siquiera mirar a los ojos a esa niña de cara bonita.


Sólo fue un momento, pero para Portugal resultó en todo un recuento intransigencias mentales, de sentimientos cauterizados por su realidad y algo que le cortaba la respiración. Pidió que le llevaran un ramo de rosas rojas hasta donde él estaba y, presagiándose feliz, comenzó a caminar para ir por Mariana, su Mariana. Fue cuando una de las voces que habían proferido tantos insultos esa noche le atravesó el corazón con una saeta aguda y predestinada que hizo blanco entre risas burlonas.
“No te enamores”.
Estrujó las rosas por los tallos hasta herirse todo lo que pudiera para obligarse a soltar las flores y regresó a sentarse. Supo que ya era tarde para entregar el ramo… Y, además, acababa de recibir un mensaje de texto; un nuevo secuestro en la ciudad. Debía ir a trabajar.

De profundis

De Profundis…

No sé por qué estoy encadenado a la cama... Hay algo conmigo. Debe ser malo, si no, el sacerdote no hubiera llegado hasta mi casa. No sirve el elevador, hay que ascender seis pisos trabajosamente, sobre todo para el cura gordo, quien luce fatigado, como si le pesara ese esfuerzo aún estando aquí. Seguro voy a morir. Vomité de nuevo sobre mi madre, ni siquiera recuerdo cómo fue, la veo limpiándose y llorar, manteniendo a raya el asco que le provoqué, pero ya no sé si por haberla manchado o por verme. Sé que se asustan al entrar a mi cuarto. Sus rostros se hacen rígidos, como si un viento helado los golpeara y secara su ojos, quieren cerrarlos. Ni siquiera me duele el metal en mis brazos, aunque sangro por las heridas que ya causó el roce. Tengo sueño, oigo voces, repiten frases todo el tiempo. Intento hablar, pero pareciera que hablo otro idioma, no me hago entender. Pronto desmayaré, como a diario, es de los pocos síntomas que todavía percibo.


Los que nacimos para vivir en estos edificios lo sabemos. Se trataba de horrores que se engendraron desde hace mucho y que siempre susurraban acerca de los maniacos que asaltaban nuestros sueños. Entre todas las historias estaba el miedo. Sabíamos del loco que aparecía debajo de la cama una vez al mes, los días 18. Me tapaba con las sábanas queriendo huir, protegiéndome entre las sobras del ataque de ese maldito que había castrado a sus hijos para que no tuvieran descendencia que heredara la falta de voluntad en noches oscuras, como él estaba seguro de que le iba a suceder algún día. Escapó, los gritones se colocaron en las esquinas para vociferar la nota. Nadie había podido eludir a los guardias del manicomio en esas épocas, sólo él.

Las ventanas no dejan pasar la luz, tienen encima las cobijas gruesas. No sé si es de noche. Me arrojaron agua, comprendo que está hirviendo por las llagas que me surgen en la piel y las otras heridas supuran como si fueran insectos aplastados sobre mi cuerpo. Deben ser quemaduras de tercer grado, porque no duele. Mis nervios habrán perdido la batalla. La recámara despide un olor nauseabundo. Cuando abren la puerta, alcanzo a distinguir en un respiro el aire puro que rápido se dispersa de nuevo en el encierro. La alfombra de la sala aún sugiere el lavado, sí, su fragancia es limpia. Fue mientras la fregaba con el jabón que sentí de nuevo la presencia que me agobiaba de niño. Estaba debajo de los sillones o de la cama. Acechaba, esperaba que me durmiera para salir con sus dientes amarillos por el cigarro, con sus manos ensangrentadas y potentes queriendo atraparme. No sé durante cuánto tiempo afiló sus intenciones, pero ahí se encontraba, listo, saboreando por adelantado mi descuido.


A mis diez me enseñaron por primera vez la antigua entrada al Hospital Mental de la Ciudad. Ahí estaba yo, inmóvil de nada, ante un arco de piedra blanca al que se llegaba por el camino del río. Giré, no quise ver más los restos de la construcción, pero al caminar sentía en la espalda las miradas de los que habían sido colgados. Varios fueron atrapados por los guardias. Por el poco peso que ya tenían, la muerte no llegaba con el crujir del cuello al precipitarse. Pasaban días para que terminara el suplicio, días de ojos gritando lo que la garganta ya no podía, al tiempo que rezaban entre murmullos para perder el conocimiento o que una de las pierdas que lanzaban los niños que vivían en los alrededores del manicomio los acabara. Ellos me seguirían por siempre, pero hasta hoy lo entendí.


Creo que es otro día, pero aquí siempre está oscuro. Las voces se han vuelto profundas, mis oídos las aborrecen. Repiten, sólo repiten. Es el mismo ritmo, se ha convertido en un zumbido que ensordece. Me arrojan más agua caliente, intentaron incrustarme metal en la boca. No sé qué es, pero me congela los labios, reseca la piel alrededor. Sabe a mierda, intento escupirlo, pero me detienen por la frente. Las voces me revientan. Lo puedo ver. El loco que viene a atraparme está a los pies de mi cama y los ahorcados decoran macabramente el cuarto. Estoy rodeado por ellos, me tienen a su merced. El zumbido, no para el zumbido. Van a atraparme. Estoy encadenado, el sudor me empapa. De pronto surgió una luz, el olor a limpio, huele a rosas. Los locos huyen como sombras que retan en la madrugada, pero no atacan, se retiran en desbandada. Se esconden. Las voces se aclaran y reconozco “…clamavi ad te, Domine”.

Me están quitando las cadenas. Mi madre sigue llorando, pero su rostro ya es distinto. Está fresco el viento que se cuela por la ventana. Veo al sacerdote, adelgazado, con fatiga descomunal. Tengo despostillados varios dientes, muchas heridas en la piel. No importa, me entienden de nuevo cuando hablo, y las sombras de los locos no se ven. Pero pueden estar debajo de la cama, esperando mi próximo descuido.

decir adiós...

Sobre decir adiós

Sólo fue un segundo. El desvelo, las irremediables culpas con sabor amargo de madrugada, sentir la piel hecha añicos… Todo volvió a ella. Antes de que él pronunciara esas palabras, Érika Sotelo sabía que la había reconocido. Sin embargo, siguió actuando su papel. Entre el metal frío de las esposas la agente federal sintió las manos de Fernando, sin duda, eran sus manos. Estaba más flaco que de costumbre, su cabello seguía igual, tan negro, sus mismos ojos, verdes.
No quería pronunciar palabra en ese lugar, entonces dejó que su compañero, Rodrigo, terminara el trámite.
Lo aseguraron, lo subieron a la camioneta cerca de Cadereyta. El otro policía fue a la parte de adelante dejando en custodia al detenido. La Sotelo sólo esperaba la avasalladora confirmación. “Son tus ojos”, le dijo Fernando mientras intentaba acomodarse en los asientos hechos de madera y fierros de los que estaba provisto el vehículo que ya recorría las carreteras de Querétaro a la una de la mañana.
Toda de negro, preparada únicamente para el operativo, los gritos y la sangre, esquivaba la mirada. No se quitó el pasamontañas, tal vez esperando que la capucha la hiciera inmune a los recuerdos. Pero ya estaba hecho, una vez más estaba a solas con él. Habrían pasado ocho años, tal vez, de la última vez que lo había visto de frente. Ella todavía era cadete en formación para analista táctico de la AFI; él sólo era el chico argentino de acento peculiar que servía los tragos del fin de semana, de un acento tan peculiar que ella no podía dejar de escucharlo.
Entre las franjas de luz y sombra que pasaban por la cara de Fernando, la agente notaba cómo la observaba fijamente.
Ella recuerda casi todo ese día en que por primera vez no hizo lo que debía hacer, todo el día y casi todas las noches. Sofocada despertó en el cuarto que estaba arriba del bar, intentando sacudirse las cobijas enredadas, buscándolo, moviendo las manos como aves planeando sobre la rama, pero Fernando no estaba y la luz que invadía la ventana se volvía insoportable y cegadora. Sabía que era inútil seguir buscándolo, podía estar en cualquier lado, con cualquiera más, por cierto. Aunque no había nadie con ella, cubrió su desnudez y ahí quedó, sentada en la cama, queriendo saber dónde estaba el chico de Tandil.
La camioneta hizo un giro brusco. Podría ser un intento de rescate y el precipitado vaivén proveniente de las maniobras evasivas que Rodrigo intentaría. Decidió averiguarlo. Abrió la capota para salir con el arma larga como punta para revisar la situación, no pasaba nada.
“Fue un perro, mató a un perro”, le dijo Fernando. “Ya vi, ya vi, sigues enojada. Ha pasado mucho tiempo, linda, no debería ser así”.
La Sotelo tuvo que hacerlo, para sí misma, con rabia, aceptó que necesitaba decir, algo, casi lo que fuera, pero hablar con él. Respiró profundo, como si fuera a disparar con esa beretta 9 mm. con cacha negra que llevaba cada viernes al Ajusco para practicar entre los árboles que retumbaban a cada ráfaga de la semiautomática.
“¿Por qué te fuiste?”, preguntó sin poder soltar el aire, sosteniendo cada vez con más fuerza su arma, esperando por fin esa respuesta.
“Dímelo, tú, que para eso eres policía”.
Era ese apelativo, “policía”, así le decía cada madrugada de cansancio alegre, de esperar en la barra a que se terminara la jornada del viernes. Ella bebía cerveza, una Pacífico, con eso comenzaba la noche, con eso y un beso. Con el último vaso que se levantaba de las mesas comenzaban a bailar esa canción con la que terminaba el CD, Major Tom.

4, 3, 2, 1
Earth below us
drifting falling
floating weightless
calling, calling home…

Se quedaban solos en el bar y esperando a subir las escaleras para conocerse de nuevo entre el sudor del entrenamiento y de atender a los clientes. A punto de soltar la última resistencia de sus prendas, Fernando lo repetía… “Me tiene la policía, me tiene”, y reía antes de terminar con ese último broche que lo separaba de Sotelo.
Ya eran las cuatro de la mañana y todavía faltaba camino. Seguramente llegarían al alba a la Procuraduría del DF, primero debía responder ahí por sus fraudes. Fueron dos años de investigación para atrapar a los clonadores de tarjetas. Poco después de iniciar el trabajo, Sotelo lo reconoció en una fotografía obtenida de un video de seguridad en el WaltMart de Buena Vista. Fernando había retirado tres mil pesos y compró una televisión de pantalla plana con una tarjeta de débito falsa. Atraparlo era sólo la primera parte de la misión para ella, aún tenía que averiguar adónde había ido. Persiguió la pista gracias a que Rodrigo, ese que había sido más que su compañero –casi su cómplice- durante cinco años, había obtenido tras ocho meses de trabajo de incógnito en un restaurante de mariscos en Bucareli, ahí el otro agente había aprendido a copiar la información de una cinta magnética a un aparato que lo registraba en menos de un segundo. Sólo necesitaban hacer las conjeturas necesarias y supieron que ahora estaban operando en Querétaro y hasta allá fue por él.
“Si tanto lo quieres saber, te estaba protegiendo”, arguyó Fernando. “Yo ya estaba en esto y no podía hacer que te involucraran a vos conmigo. Siempre quise seguir viendo tus ojos, linda. Se iba a acabar tu carrera si te seguías acá, conmigo”, dijo mientras el sol salía, ya estaban entrando a la Ciudad de México. “No estabas preparada para decir adiós, así que no te obligué a hacerlo”.
La Sotelo lo vio con la misma ternura con la que lo retrataba al despertar en ese cuarto arriba de un bar, cuando descubrió que el desparpajo de los dos, tendidos, era lo único que necesitaba para dar los buenos días. Fueron meses de ardor en la espalda, de dientes rechinando, obligándose a no llorar. Intentó en hospitales, cárceles, Migración. No estaba, nadie iba a reclamar el cadáver de un extranjero muerto en un asalto, atropellado, levantado por los ministeriales…
“Todavía podemos hacerlo, es una cuestión de tiempo. Mirá, puedo decirte cosas, de gente más arriba que yo. Yo podría salir más pronto, y con vos regresarme a la Argentina”, propuso Fernando cuando la camioneta ya estaba sobre la calle de Doctor Lucio. El sol ya alumbraba. Era la mañana de un lunes.
El vehículo oficial se detuvo, entonces Rodrigo abrió las puertas para ver a la Sotelo de pie, observando al detenido, quien la veía a la cara. La agente giró hasta ver a su compañero y la expresión que tenía Érika nunca la volvería a apreciar su compañero. Era muy claro.
Bajaron a Fernando de la camioneta justo antes de entrar al llamado “Bunker”, en la puerta. Todo estaba listo para su ingreso. Justo al dar el primer paso, la Sotelo tropezó, en el paso mal dado, soltó a Fernando e hizo caer a Rodrigo. El argentino se echó a correr. Huyó hasta casi hasta Doctor Vértiz sin que ningún agente lo siguiera.
Fueron dos disparos de una Beretta 9mm. El informe del forense manifestaba:
…Herida arma de fuego con orificio de entrada entre las vértebras C5 y C6, los que provocó la muerte del sujeto y de otra herida de arma de fuego que laceró la piel y astilló la clavícula…

Luego de disparar, la Sotelo se acercó al cadáver, atrás de ella venía Rodrigo ya con un cigarro encendido.
“Tenía razón el muy cabrón… Es bien difícil decir adiós”.

CSM